La cuerdas y el oído

 

Rosario Curiel (1964)

 

 

Yo fuera de mí. Yo otro. Así pasaban las horas: sintiéndome un extraño. Un alguien, un algo ajeno a este mundo. Al mundo.

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La vida es un inútil recuento de horas y días, un falso y continuo numerar de instantes en un intento de apresar el que ya se nos escapa, como si no supiéramos que el contar nos descuenta instantes, como si no supiéramos que el contar es la excrecencia de ese monstruo de un solo ojo real que es la mente.

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El azul del cielo, celeste, celestial, divino (tanto que parece mentira que no haya dios en este mundo).

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«Siempre» es una palabra que engaña, que nunca es igual.

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Ya no quedan orcos, ni duendes, ni griales. Nunca el hombre fue más mezquino, nunca tan ambicioso. Nunca tan «nunca más».

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El occidental es un animal miedoso porque no quiere morir, porque no acepta que la Muerte existe y a todos ronda.

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Por entonces creía que quizás eso que sentía, ese estado de anestesia vital, de ausencia de sentimientos, era la paz y la felicidad.

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Supo que sobrevivir era estar afinado, y él no lo estaba; que era equilibrar la tensión de dentro y la de fuera, y él se desequilibraba.

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Tratar de olvidar a alguien es querer recordarlo para toda la vida.

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Era él quien debía llenar sus vacíos, cada cual los suyos, no otras personas, no un Absoluto.

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Todo en la vida eran cuerdas, trayectorias de energía que chocaban y se enredaban, el mundo era una gran sinfonía cósmica.

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Había decidido que el paraíso le quedaba muy lejos, y por eso vivía el infierno de cada día con la alegría de haberlo elegido.

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Lloraba. Solo lloraba. Dulcemente, lo acompañaba con su río de lágrimas a pasar al otro lado, a vadear a la otra realidad: la del recuerdo.

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Quería, quería, quería saber. Pero no sabía. Supo que no sabía. Supo que nunca sabría. Supo que sabía que no quería saber más.

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El verdadero sentido de la vida era que la vida no tenía sentido.

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Dormir para no recordar… para no soñar…

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Leer es hablar con los muertos.

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Si hay tanto mal en el mundo es porque la gente piensa poco y desea mucho.

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Pensó que la realidad no era más que un líquido. Adaptable a las circunstancias que la contenían. Sin referencias fijas. Sin memoria ni certeza a largo plazo. En la que nada es permanente y todo fluye de forma constante.

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De repente, nada era sólido, todo era precario, todo cambiaba para volver a cambiar y cambiar de nuevo. Un mar que iba y venía, que desmentía la quietud de la tierra.

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El empeño por ser alguien, la certeza de ser nadie.

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Habitado por la pasión del conocimiento, dejándose llevar por la marea de los años.

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Pero no quiso pensar. Solo se permitió recibir los impactos del absoluto presente que vivía en ese momento.

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Puede ser nada o cualquier cosa, y por eso escribo, porque así inauguro la posibilidad de múltiples universos.

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Oigo rumores de otros mundos, yo, que busco el silencio.

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Ahora sé que «ser» es tener una cierta tonalidad. Nunca estaré afinado, pero mi tono desafinado sigue siendo un tono.

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Pero yo ya no quiero vibrar más en diapasón miedo. Tengo la impresión de que estamos llegando a un final, a un final que es un principio.

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Para captar la armonía solo hay que saber oír. Y yo ahora oigo. Por eso escribo. Para dejar mi particular mensaje en un botella. En el océano del mundo. Alguien la encontrará.

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Basta con abrir la puerta de atrás para que vuelvan todos nuestros miedos.

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Llevan velocidades distintas en este universo, aunque el mundo es curvo y nadie sabe si se volverán a encontrar.

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Puedes estar seguro de llegar, con tal de que camines un tiempo lo bastante largo.

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El mundo como un ruido de fondo que de un momento a otro me va a estallar en la cabeza.

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Ya casi no tengo deseos. Solo quiero aislarme, ser capaz de templar con lo que me rodea. Pero no temblar de miedo, sino de emoción.

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Leo en un diario digital que a alguien le sonó el móvil dentro del ataúd. Esa sí que es una llamada perdida.

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Nuestra vidas ya no se viven ni se sueñan sino que se emiten.

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Sí. Definitivamente, el hombre es un animal estrepitoso.

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Y fue la hora aquella fuera de toda hora, un agujero negro en la red del tiempo. No estaba en el tiempo ni fuera de él, sino entretejido en su malla.

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Vivo ya en el Palacio de los Vientos, susurrando historias, afinando notas.

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Son espacios, pero también tiempos y estados de ánimo.

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Pero es la sensación de fragilidad, el terror de los límites que se trazan entre el que ya no soy y el que voy a ser.

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Temo al momento vacío en el que yo sienta que no soy nada, que no sé nada. Temo al vacío. Al que voy siendo sin saber cómo ni quien soy. Un «otro» al que no conozco.

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Un día de ensayos sobre mí mismo pido para saber qué cuerdas tengo que tocar, cuál es la pulsación, afinarme. Un día de ensayos sobre mi silencio.

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Romper el metrónomo porque odio el tiempo objetivo e idealizado que construye, como si todo siempre fuera hacia delante.

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Siempre vuelan las horas demasiado rápido, antes de que las capture en las páginas de un libro, antes de que otros cazadores de horas como yo hayan conseguido la proeza de encerrar un hilo de eternidad en una palabra, en una frase, en una página que se grita como las alas de la mariposa de las horas, que vuela, que emprende el vuelo justo en el momento en el que pretendemos acariciarla.

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Paso la mano por los lomos de viejos libros. Los acaricio, como si de un animal amigo se tratara.

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Aquí arriba reina la paz de los libros y el silencio.

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Todos somos lectores de nuestros días, escritores de nuestros días, aunque nos ocupamos de otras tareas como acarrear el agua o labrar el campo con infinitos versos que enarbolan nuestras manos manchadas de barro.

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Quiero aullar y solo escucho el silencio.

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El Gran Crimen: matar el tiempo. Lo único que en verdad poseemos los de «Aquí».

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Un chapoteador de orillas, víspera de mí mismo.

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Escribo en una grieta, en un agujero del tejido del Cosmos, cosas que son, que serán, que no serán, que han sido, no fueron o no son, y que, por lo tanto, tienen todos los atributos de la realidad.

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Habría muerto si ella hubiera dejado de pensar en él. Se habría desintegrado, sin más. Es el valor del olvido. Del olvido absoluto.

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Los primates lingüísticos no quieren que se les recuerde que somos monos.

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¿Pero… quién necesita verdades?  Para vivir solo se necesita un apoyo mínimo, alguna pequeña certeza.

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Y estoy aquí, cerrando mundos.

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