La mujer maravilla. Cuento de Navidad

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Ilustración: Teresa Martínez

 

Belén Rojas Guardia

—Por favor, no te vayas, te lo ruego por favor, no te vayas hoy, justamente hoy que es Navidad. Por favor, por favor… por favor, no te vayas…no —Como él no reaccionaba le gritó sin poder contenerse— ¡No te das cuenta que estás siendo dominado por un machismo estúpido!

 Él continuó impasible recogiendo y colocando su ropa y sus zapatos en un maletín de mano, metió su ordenador con todos los cables y el mouse en otro bolso más pequeño, fue al baño y recogió su cepillo de dientes, su peine y sus colonias. Estaba mudo, con el ceño fruncido y los ojos apagados. Su cara parecía tallada en piedra, rígida, grisácea, la comisura de sus labios había tomado una curva descendente. Se movía en automático sin hacerle caso a la mujer que lloraba e imploraba desde la cama. No la veía ni quería verla. Se pasó la mano por la frente y vio que tenía unas pequeñas gotitas de sudor frio, se las secó con una toalla del baño y se agachó para recoger unos calcetines del suelo.

Mientras tanto, la mujer ya impotente, viendo que sus lágrimas y sus ruegos no obtenían respuesta, que chocaban ante una muralla de insensibilidad, de orgullo necio; se secó las lágrimas, levantó la mirada y se transformó en lo que siempre había sido: una bruja, una poderosa hechicera, una maga, una diosa. De sus ojos brotó una llamarada intensa, un relámpago de fuego que cruzó el espacio y, con la agudeza de un dardo, golpeó al hombre en la espalda. El hombre se removió al sentir el chispazo, el calor de la llama que le produjo un leve dolor. Dio media vuelta para ver qué era lo que lo había atacado, para conocer el origen de ese misterioso rayo. Entonces, lo que vio sobre la cama, su cama, lo dejó helado. Sin habla. Con una mezcla de terror y fascinación, de estupefacción. Se frotó los ojos, se dijo entre dientes: «estoy soñando, estoy alucinando». No podía creer lo que estaba viendo: la débil mujer despeinada y llorosa que hacía minutos le imploraba que se quedase, que no se fuera, que no la abandonara y escuchara sus súplicas. La débil y llorosa mujer que lo había herido con su conducta de coqueta impenitente, la frágil y humillada mujer se había transformado en un ser luminoso, centelleante, mágico. Un ser vibrante, envuelto en una aureola de luz blanca, de una belleza de otro mundo, seductora y  deslumbrante que comenzó a llenar todo el espacio de un aroma conocido: el olor de la feminidad.

El hombre cayó de rodillas, todavía sin habla se quedó mirándola, extasiado. La vio como se incorporaba de la cama, cómo se movía con una gracia semejante a una leve danza o una levitación. La mujer flotaba en medio de su halo de luz. Se fue acercando hasta llegar a su lado y allí se detuvo, muy cerca, atravesando el espacio vital del hombre. El hombre percibió la energía que brotaba de su compañera. Notó que todo él se suavizaba, se apaciguaba, se endulzaba. Sintió que, aún sin tocarse, estaban en perfecta comunión, ella le estaba trasmitiendo algo, una especia de sustancia sutil, etérea, inefable. ¿Qué era?, ¿ondas, rayos, chispas? Imposible definir. Era como una traslúcida y vibrante serpiente, una cinta brillante que los iba  envolviendo a los dos, que los acercaba cada vez más, los deshacía en millones de partículas subatómicas: átomos, moléculas, neutrones, electrones, nucleones que se unían y desunían como amebas en un mar primordial hasta formar un solo ser con dos personas. El misterio de la dualidad. De la pareja.

Pasaron minutos, ¿horas?, no se sabe y nunca se sabrá cuánto tiempo pasó. El tiempo se alargó y se fue también deshaciendo hasta desaparecer. El hombre olvidó que era un ser masculino, dejó a un lado el orgullo, olvidó el agravio o los celos si acaso habían existido, olvidó todo lo que había sucedido: la pelea, la discusión que lo llevó a hacer su maleta, el disgusto, los malentendidos  se fueron volando al viento como hojas de otoño, como aves migratorias que no regresan más. Se congració con la mujer, su compañera, su amante, su otra mitad. Ella lo había impregnado de una plenitud que era mucho más deliciosa que todos los orgasmos que había disfrutado cuando hacían del sexo un ritual portentoso. Le había trasmitido la fuerza del amor primordial, del amor que está más allá de toda comprensión, de toda explicación. Del amor que una vez se siente nunca más se olvida. Del que arrastra todo lo que nos empequeñece, todo lo que nos ciega, lo que nos entristece, nos amarga y nos aleja del vivir.

La luz del atardecer comenzó a languidecer y la oscuridad se asomó a la ventana del dormitorio dejando pasar débiles rayos de luna que presagiaba la Nochebuena. El hombre y la mujer se avivaron, sintieron como un despertar, como si todo hubiese sido un sueño. Restregándose los ojos, comenzaron a moverse a tocarse a verse. «¿Eres tú?» Le preguntó él. «¿Estás aquí, a mi lado?» le dijo ella. Plenos de una nueva sensación de intimidad, de seguridad y acoplamiento se miraron como si se vieran por primera vez.

Esa noche, cuando la magia dio paso a la normalidad, cuando el hombre y la mujer recuperaron sus figuras de seres humanos ordinarios, ya el milagro se había cumplido. Como habían sido tocados por la chispa del amor ya nunca volvieron a ser lo que habían sido antes. Ese fue el condimento que aderezó su cena navideña. Ellos dos solos, brindaron y comieron la cena que ella había preparado antes de la pelea. Bailaron y escucharon canciones navideñas; canciones del país de él, canciones del país de ella. Más tarde, se  fueron a la plaza mayor a ver los fuegos artificiales que cubrieron el cielo de coloridas luces, escucharon los retumbantes sonidos de los cohetes propios de la Navidad. Felices, caminaron por las calles desiertas y tomados de la mano, pudieron ver el cielo rebosante de estrellas mientras volvían a la casa.

«Te amo», le dijo el hombre mientras ella se iba desnudando y se metía en la cama; «te amo», le dijo mientras la abrazaba y la iba cubriendo de besos. «Te amo», le murmuró mientras acariciaba lentamente sus rígidos pezones; «te amo», le musitó mientras tocaba lentamente la pequeña nuez que sobresalía entre sus piernas, mientras sentía como sus manos se llenaban con el calor de sus fluidos. «Te amo», le susurró al oído mientras la penetraba.

Mientras tanto, la mujer sonreía. No hablaba, apenas producía los dulces sonidos del amor. Sonreía y sonreía recordando lo que era. Una misteriosa diosa…una poderosa hechicera, una maga sabia… la mujer maravilla.

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Este cuento es de Belén Rojas, una escritora de prosa dulce que en sus letras nos trae a la memoria el realismo mágico de su América natal.

Su libro Desnuda eres azul como la noche en Cubalo analizaremos vía Internet en el próximo CLIC del mes de enero (30-01-2018), en la webinar de Grupo Tierra Editorial. Hablaremos con la autora de su obra, de su prosa, de su inspiración…  Estáis todos invitados a hacer CLIC con Belén.

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4 Respuestas a “La mujer maravilla. Cuento de Navidad

    • En Grupo Tierra Editorial estamos a punto de sacar un libro de relatos suyos que estoy deseando ya compartir.He tenido la suerte de poder editarlo y he disfrutado mucho trabajando al lado de la autora.

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