Eco, eterno.

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Umberto Eco de niño

Hay autores cuyos libros han modelado nuestras almas y nos han ido haciendo como somos. Libros de los que hemos pensado a menudo: “¡Lo que daría yo por escribir una cuarta parte de bien!”.  Pero es tan cierto lo que dice Mateo: “Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”, y Eco, sin duda, fue un elegido que embrujó a miles con sus historias.

Me he sumergido con deleite en sus novelas, me he empapado de sus teorías sobre la literatura y la semiología, he escuchado entrevistas… en fin he tenido la suerte de vivir en la Tierra al mismo tiempo que él y he tenido el privilegio de comprar las primeras ediciones de sus libros y es, por eso, que esta entrada es un homenaje al gran Umberto Eco (1932-2016) y a su obra, ya eterna. Por todo lo que me ha dado y porque, con sus libros, me he ido haciendo más yo gracias a él.

He elegido los fragmentos (quizá hoy no serían los mismos) de La misteriosa llama de la Reina Loana. Podía haber elegido cualquier otra de sus novelas o libros, pero ha sido la primera que el azar ha querido que encontrara anotada en mis cuadernos.

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Recordar es un trabajo, no un lujo “los tenaces y lúgubres recuerdos. Ese recuerdo de muerte que, con vivir, vamos dejando…”

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Recordar también es bonito. El recuerdo actúa como una lente convergente en una cámara oscura: concentra todo, y la imagen que resulta es mucho más hermosa que la original.

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Nosotros somos el tiempo en que vivimos.

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“Ay de mí, que ni siquiera sé lo que sé”.

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¿Es realmente preciso pretender la última revelación si en cuanto uno la tiene se abisma en la oscuridad?

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Lees de pequeño una historia cualquiera, luego haces que crezca en la memoria. La transformas, la sublimas, y puedes elevar a mito una historia que carece de todo aliciente.

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Un día desaparecerás y quizá haya sido un sueño. Incauto he edificado sobre la frágil arena de los momentos ante un rostro. Pero no sé si añorar el instante en que me condené a fabricarme un mundo.

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No puedo hacerme cargo del dolor del mundo entero, concédaseme el regalo de un feroz egoísmo. Yo vivo conmigo mismo. Esta, por ahora, y quizá para siempre, es mi vida.

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Ahora no vivo en el flujo del tiempo. Soy feliz en un eterno presente.

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Solo esto podemos decirte, lo que no somos y lo que no queremos.

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El hurón arisco se salva con la manía de saber, se consume en volúmenes. Soy yo, nunca he salido de los libros.

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No me quejo de que otros no me sonrían, es que no encuentro razones para sonreír a los demás.

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Construirme un mundo exclusivamente mío.

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Lee y sueña. Se embriaga de soledad.

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La más bella de todas es la isla no encontrada. La isla no encontrada sigue siendo, en su ser inalcanzable, siempre mía.

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Me engañaba, como todos los enamorados, le prestaba mi alma y le pedía que hiciera lo que yo haría.

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Cada uno de nosotros nace con una sola idea en la cabeza y durante toda la vida no hace sino darle vueltas.

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