El País de las últimas cosas

Paul Auster (1947)

 

Si uno espera poco, se conforma con poco, y cuanto menos necesite, mejor se sentirá.

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No es que la gente tenga intención de mentir, sino que cuando se trata del pasado la verdad tiende a volverse turbia muy pronto.

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La historia nace y se detiene, sigue adelante y luego se pierde, y en medio de cada palabra, cuántos silencios, cuántas expresiones se escapan y desaparecen para no volver nunca más.

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Uno nunca sabe qué lealtades se despertarán en los momentos críticos.

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El problema no consiste en que la gente olvide las cosas, sino en que nunca olvida las mismas. Lo que aún existe en la memoria de una persona, puede haberse perdido definitivamente para otra, y esto crea dificultades, barreras insuperables para la comprensión.

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Las palabras son lo que me hace saber.

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Nuestras vidas no son otra cosa que la suma de múltiples contingencias.

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 Un hombre debe vivir el presente y ¿qué importa lo que eras la semana pasada si sabes quien eres hoy?

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Después de todo, un cuerpo es solo un cuerpo, y en realidad no importa si la mano que te toca es la de un hombre o la de una mujer.

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La idea era lograr la indiferencia, una indiferencia tan poderosa y sublime que me protegiera de cualquier ataque.

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La solución perfecta consistía en no desear nada, no tener nada, no ser nada.

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El final es solo imaginario, un destino que te inventas para seguir andando, pero llega un momento en que adviertes que nunca llegarás allí.

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4 Respuestas a “El País de las últimas cosas

  1. Escribe si es más bello que el silencio, qué responsabilidad!. Estoy de acuerdo con la mayoría de las reflexiones. La que no me acaba de convencer es la de “no ser nada”, como solución perfecta, más bien creo que es una solución cobarde.

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