Guárdame el tiempo

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Maribel

 

Carilda Oliver Labra (1924)

 

Vuelves a renovarme el don perpetuo.

Otra vez eres ese

que me enseñó las señales del alba,

el que salvó una hormiga en el borde del vaso.

 

Vuelves para pedirme que reúna

la corte de los gatos,

que te ampare de aquel golpe en la nuca,

que te dé mi tristeza como un sorbo,

que te recorte alguna uña,

que me moje de ti,

que te alcance el café,

que no oscurezca,

que me case contigo esta noche otra vez.

 

Se nos quedaron muchas cosas sin hablar,

Necesitamos una cita,

porque

¿a quién le doy tantas caricias

que sobraron,

aquellas que olvidé ponerte sobre el pecho?

¿A quién le cuento

que he planchado, creyendo que era tela,

tu perfil de muchacho?

 

¿A quién convido ahora con mis piernas

y le enseño el jazmín que nació anoche,

y le pongo una abeja a que lo pique,

y le saludo la inocencia?

 

¿A quién le miento y juro,

a quién le tiro un pan contra la oreja,

a quién le digo que lo odio,

y luego, que lo amo?

 

¿A quién le digo hijo,

y me lo paso por dentro como un trapo?

Sé bien que estás metido en nuestros átomos,

que te mueves en ese aire que espantó estas páginas

que observas desde los retratos,

que te has caído hoy contra mi pecho

y para que seamos uno solo

hasta este propio corazón

me lo has parado;

sé que estoy muerta

soñando que te busco por el cuarto.

 

Guárdame el tiempo.

Guárdamelo.

Estoy segura de que puedes.

Así no ha de caer la luna

ni tendrás que morirte en la mañana

y el jueves será eterno

y te besaré siempre como el veinticuatro

de septiembre

de mil novecientos ochenta y uno.

Guárdame el tiempo,

guárdamelo.

 

¡Qué no pase ni un minuto,

que nada ciego nazca,

que no se invente un aparato de tortura

ni estalle otra contienda contra el hombre;

que no cacen más pájaros,

que no se malogre la pureza,

que vuelvas

a ser

y aquel esplendor tuyo se mezcle, poderoso,

a mis harapos!

 

Guárdame el tiempo,

guárdamelo.

 

Te lo pido con rabia,

con ternura,

con todo lo que no es palabra.

Para que siempre seamos lo estupendo:

hombre y mujer

girando,

nueva especie del mundo;

ya casi un milagro.

Pues me han salido en la cara tus ojos

y a ti en el rostro mi boca,

y no sé cuando te miro si eres tú quien me mira

ni cuando tú me besas

si soy yo quien te ha besado.

 

 

*

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