Los oasis razonables. “Montañas”

NEH

Hay cosas que nunca he contado a nadie, que jamás contaré. A veces es demasiado pronto para hacerlo y otras demasiado tarde. Hay vivencias que mueren en secreto, junto aquel que las ha vivido.

Yo, que amo tanto las palabras, sé que no sirven. Sé que nada de lo que expresamos es enteramente cierto, porque queda corto, exagerado o, simplemente, se obvia. Lo que enunciamos no es lo que en realidad es y el que nos escucha comprende tan solo aquello que le interesa comprender.

No utilizamos el mismo lenguaje aunque hablemos el mismo idioma. Las mismas palabras no significan lo mismo. No nos comprendemos.

No sé quien soy en realidad. Tampoco sé si existe un ser que encaje conmigo; ese tanto por ciento perfecto que completaría mi alma, pero hay algo de lo que sí estoy segura: cada persona que se ha cruzado en mi vida me ha aportado algo, aun aquellas que ni siquiera me importaron o a las que odié. Me he construido día a día, cosa a cosa, sensación a sensación. Soy porque vivo y al vivir cambio con lo que aprendo, amo o aborrezco.

También sé que nací sola, vivo sola y moriré sola. Esta es la única verdad de mi existencia. Es estúpido pensar que de los miles de millones de posibilidades de nacer en cualquier lugar y tiempo haya nacido, justamente, en el lugar y en el momento preciso para conocer entre los miles de millones de persones que pueblan el mundo a esa que podría completarme. El exacto reflejo de mi alma.

Las montañas mágicas no existen, solo las montañas a secas, separadas por hondos valles, por corrientes, por insalvables precipicios…. Todos somos una pequeña montaña y juntos formamos una inmensa cordillera, y lo más mágico que hay en ello es que, a veces, somos capaces de hacer señales de humo de una cima a otra. Nada más. Humo, eso es lo que somos; solo humo. Nunca tendemos puentes, nunca conseguimos estar realmente juntos. 

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