Ceguera

 

En mi parte más oscura,

sin luz de nadie,

me palpo las palabras.

Invidente que tienta

desconocidos muebles

de una casa ajena.

Acaricio la rugosidad de un pronombre;

la superficie helada de ciertos sustantivos;

la viscosidad pegajosa del adverbio.

Me abrazo al verbo,

que me acoge

con la calidez de un viejo amante.

Me demoro en la musicalidad

de cristal de ciertas frases;

las que vibran al rozarlas cuando paso.

Me dilato allí y,

amparada en mis penumbras,

disimulo en los bolsillos de mi alma

una sintaxis perfecta,

y regresó para hacer cicatrices a las hojas.

Pero no era verdad, que no era perfecta.

Todo fue mentiroso espejismo.

Que yo no nací para ver

lo que vieron los poetas ciegos.

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