Relatos inesperados I. “Decidido”

Aquella mañana de diciembre no era diferente de otras mañanas invernales. Los vidrios de las ventanas estaban empañados. Fuera debía hacer mucho frío.

Apoyada la frente sobre el cristal, sentía el helado contacto. Eso la ayudaba a pensar.

Con los brazos cruzados sobre el pecho miraba hacia la calle. La gente que andaba arriba y abajo parecía tener muy claro adónde se dirigía y, de pronto, se le antojó, su enemiga. Nadie la comprendía; nadie captaba su verdadera esencia. No tenían ni la más mínima idea de lo que ella padecía con aquello.

Un tímido rayo de sol, colándose por entre las nubes plomizas, la hizo sonreír y le devolvió, por un segundo, la esperanza. Sin embargo, estaba decidida. Le había dado muchas vueltas y no dejaba de acariciar aquella idea, sobre todo cuando estaba sola. Ya no quería escuchar más consejos. Estaba claro que todo era inútil, Necesitaba una solución.

Miró en derredor: los muebles, los libros, tantos recuerdos… Hoy igual que siempre. Y si nada había cambiado, ¿por qué sentía que era precisamente hoy el día en que debía dar el paso definitivo? Nerviosismo y miedo la obligaron a pasearse, inquieta.

Decidido. Hay veces en la vida en las que todo se debe apostar a una carta. Una vez tomada la resolución debía seguir adelante. Hoy la haría realidad.

Se vistió, abrió la puerta y bajó las escaleras. Caminaba deprisa. Mantenía la vista baja, fija en la punta de sus oscuros zapatos. Porque ¿y si los demás podían leer su mente y descubrían lo que estaba a punto de hacer? Nada ni nadie debía estropear su momento. Ya no podía retroceder.

Se detuvo ante la puerta con una mezcla de indecisión y miedo. Empujó. Ya estaba dentro.

Si la injusta naturaleza le había negado lo que ella tanto deseaba, lo conseguiría de otro modo. Al fin y al cabo no sería ni la primera ni la última en hacerlo. ¿Cuánta gente, antes que ella, ya había tomado la decisión de operarse?

Una mujer con bata blanca levantó la vista y la interrogó:

-¿Tiene hora concertada?

–No, hoy me he decidido.

–Muy bien. Y, exactamente, ¿en qué tipo de tratamiento está interesada?

-Verá, estoy interesada en los “Aumentos de todo tipo” de los que hablan en su publicidad: Desearía un aumento de cerebro.

-Pepepepepepero, señora, ¿qué clase de broma es esta? ¿es para uno de esos programas de televisión?

– ¿Broma? ¡No, claro que no es para un programa! A diario recibo su propaganda en mi buzón, ¡Mire! Aquí le traigo el folleto. Además, se anuncian en vallas publicitarias, en el autobús, en televisión, en radio, en internet…  Aseguran que pueden mejorar a cualquiera. Lo dice bien claro: “Implantes y aumentos de todo tipo”.

-¡Oiga! Nos referimos a tratamientos corporales. ¿Quiere un implante de senos? ¿Aumento de labios? ¿Liposucción? ¿Lifting? ¿Mesoterapia? ¿Cavitación? ¿Presoterapia? ¿Electroestimulación?…

-¡Yo no quiero nada de todo eso! ¡Yo quiero un implante de cerebro! ¡Quiero aumentar el volumen de mi masa encefálica! Ahora soy capaz de leer dos libros al mes, de cuatro a seis si son cortos, y quiero leer más. ¡Necesito leer más! ¡Hay tantas cosas que aún no sé!

-Señora, le tengo que rogar que se marche de aquí ahora mismo…

-Pero, pero…

-¡Fuera! –

La tomó bruscamente del brazo y la condujo hasta la puerta.

Recomponiendo su bata blanca la recepcionista volvió a situarse tras el mostrador murmurando para sí…

¡Cuando lo cuente no me van a creer! ¡Esta tía está loca! ¡¿Pero a quién se le ocurre?! … ¿¿Aumento de cerebro??… ¡¿¿Pero para qué demonios querrá un cerebro más grande??!  ¡¡Para leer más, dice!! ¡¡Vaya tontería!!

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